Los sonidos del nuevo Chile: el semáforo humano

Elisabeth Simbürger

Los sonidos no sólo son sonidos. Expresan el ritmo de lo social y de sus estructuras. La vida precaria trae consigo timbres muy especiales. Cualquier cambio en la estructura habitual de sonidos o su ausencia puede ser un indicador para nuevos tiempos. Los sonidos no sólo se pueden escuchar, con ellos podemos pensar (Celedón, 2016).

Empecé a escribir este texto hace un par de semanas atrás cuándo el coronavirus todavía era una noticia más lejana y exótica, una de estas noticias que uno lee rápidamente sin tomarla tan en serio. Pero ya llegó fuertemente y deja sus huellas en la estructura de sonidos. Gente peleándose por carros de supermercados, por alco-gel y productos de limpieza. Todavía están: los sonidos de los autos y micros, con los semáforos humanos entre medio, algunos ya con mascarilla. Pero ya hay menos vendedores en las calles. Una vez que se cierren las ciudades, habrá una selección natural de sonidos. Todos en casa, menos autos, más silencio para percibir los gritos de las gaviotas y el sonido de las ratas buscando basura que nadie retirará. Y la noche y su silencio trabajarán 24/7 bajo sol y lluvía. Pero volvemos al tiempo sonoro pre-Coronavirus, solo un par de días atrás.

Desde mi casa en el centro de Viña del Mar escucho un pasticchio de sonidos. Siempre una sinfonía de bocinas de distintos tipos de autos, micros frenando, vendedores callejeros ofreciendo sus productos con alta voz, las gaviotas, los buses llegando a la terminal, alarmas de autos estacionados, entre medio un perro callejero ladrando. A eso se agrega la intensidad de las sirenas de bomberos que tienen su estación de bomba al frente. De repente un poco de reggaetón desde la calle o el boom-boom de un bass más lejano. Esta era mi alfombra de sonidos estándar durante un día normal hasta hace pocos meses atrás.

En el nuevo Chile hay otros sonidos. A cierta hora escucho a manifestaciones en la calle, ruidos de gente tratando de destruir algo, ruidos de abuso policial. Las motos de Carabineros cuando aceleran, las sirenas, el sonido cuando tiran el gas lacrimógeno con pistolas, acompañados por los gritos de “paco culiao!”, “asesinoooo” desde los balcones y calles. A eso se agregaban en la semana del festival de Viña los helicópteros y sirenas desde las 17 hrs hasta la madrugada. Los sonidos callejeros reflejan el nuevo Chile movido. Lo escucho todo, pero no lo veo, pues mi ventana no va hacía la calle. Twitter es mi ventana simultánea hacía la calle que complementa el estallido social en sonidos que escucho desde mi casa.

Pero hay un sonido muy particular desde fines de Noviembre. Es constante y regular. Primero me confundí. Al escucharlo, pensé que eran los silbatos de manifestaciones pero tenía un ritmo muy distinto, más bien mecánico. Y de repente el semáforo tenía un cuerpo con sangre y corazón y un silbato en la boca. Y así surgió una nueva profesión: el semáforo humano y la semáfora humana.

El silbato es el nuevo sonido, de resistencia y de orden al mismo tiempo. Dos tipos de silbatos de la gente trabajadora que toma un papel clave en el nuevo Chile. El sonido del silbato de las manifestaciones y del semáforo humano. Este último es la reincarnación de la creatividad precaria, creandose un trabajo precario tras otro, ya que el anterior se perdió a causa del estallido social. Nació precarizado y así hasta la muerte, un trabajo precario tras otro. Por ser chileno de los 85%. Mala suerte, capaz en una futura vida naces dentro de la clase alta. Y es este semáforo humano precarizado, trabajador y trabjadora de toda la vida, quien además resuelve las fallas de las municipalidades de reponer los semáforos rotos y  regula el tránsito. Mucho se ha escrito sobre la primera línea. Poco he visto sobre el semáforo humano.

Semáforo apagado – semáforo humano, Viña del Mar

Nuestras maneras de caminar han cambiado desde el 18 de Octubre. Cruzando las calles se ven los hoyos en el asfalto. Hay piedras en el camino. Huellas del estallido social desde 18 de Octubre, inscritas en el camino. Los pavimentos en parte de-estructurado. Hay piedras que quedan en el camino y en las esquinas desde las últimas protestas, esperando que alguien las recoja.

Balde de propina de un semáforo humano, Viña del Mar

Ya no podemos esperar hasta que el semáforo se ponga en verde para caminar o manejar. Desde Noviembre ya no quedan muchos semáforos en Viña y Valparaíso. Algunos fueron repuestos, otros no. Otros fueron destruidos nuevamente. Miramos lo que nos indica el semáforo humano. Un palo de fierro con cables rotos nos recuerda da la existencia de una maquina que regulaba el tránsito hasta hace poco. Alli es el lugar de trabajo del semáforo humano.

Hola! Soy Angélica. Soy semáfora humana. Soy el nuevo orden. No soy una mini-pyme. Vengo bajando de los cerros de Viña para trabajar aquí con mi silbato y mi señal de tráfico artesanal.  Así la gente puede transitar sin problemas y cruzar la calle como corresponde.  Y yo necesito ganar plata. Me va bastante bien. Voy desde las 10 hasta las 18 hrs. Perdí mi otro trabajo por el estallido social. Con un compañero nos organizamos, él viene en otro horario.

Semáfora humana, Viña del Mar.

Hola! Soy Pablo. Yo encontré una vieja raqueta de tenis y la transformé en mi nueva herramienta de trabajo. PARE dice. Y SIGA. Y mi silbato, obvío. Me va bien. La gente me respeta. La gente nos agradece. Somos el nuevo orden público.

Hola! Soy Juan. Soy semáforo humano. Tu propina es mi sueldo. Tengo chaqueta amarilla puesta. Pero no soy chaqueta amarilla. Yo te protejo a ti y a tu familia. No importa de dónde vienes y a dónde vas. Trabajo para el pueblo. Soy el nuevo orden.

El silbato de los tres semáforos humanos en los alrededores de la Plaza de Viña me acompaña mientras vuelvo a la casa. Escuchar con atención es pensar el nuevo Chile.

 

*Los nombres de las y los semáforos humanos son sinónimos y sus citas no son citas directas sino una mezcla de citas e la interpretación de la autora de este artículo.

Referencia:

Celedón Bórquez, Gustavo (2016). Sonido y acontecimiento. Santiago: ediciones metales pesados.

 

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