LAS LLAVES DE LA CIUDAD PARA LOS PUEBLOS

Vania Cárdenas

Mientras bajo las escaleras de la fosforera, pienso en la culpa. Parte de una cultura mujeril que a pesar de mi conciencia no deja de estar en las sombras, inquietando, insegurizando. A pesar de ello, salgo no más. En la casa me espera mucho trabajo que dejé tirado ayer por andar en la calle. Hoy no salgo, trabajaré en mi casa pero antes -y culpa mediante- voy al mercado a buscar las frutas que ayer no alcancé a traer, el alimento más importante.

Ya en la calle, recordamos que la dinámica de las últimas semanas nos vuelve más flexibles: cambia cualquier programa previo. Al parecer la fruta esperará: los chicos de los aros de pajaritos rojinegros y sus sonidos; a pasos de allí el trabajo de una diseñadora y nuevamente pajaritos…pajaritos por “doquier” es una maravillosa forma de disipar las culpas del mundo. Pájaros de domingo, mucho mejor.

No pierdo mi trayecto inicial y ya en la micro, escucho -sin buscarlo- una conversación que sostiene una pareja en el asiento trasero. Ella habla sobre la marcha del Wanderito (“los wanderinos son verdes”) que comienza en un par de horas; manifiesta sus miedos por el comercio del puerto, los saqueos y todo eso. También habla acerca del “pueblo” que está luchando en las calles, valorando esta lucha. El hombre responde “es que el pueblo son los adultos mayores, y los que saquean son los cabros, no tienen na´ que ver unos con otros…”

Estas palabras resultan tan intensas como descuidadas, y no deja de parecer extraña esta escucha marginal de una definición efectuada por una persona a la que supongo parte del pueblo (asumiendo mis prejuicios derivados de la asociación de elementos como medio de transporte, forma de hablar, etc.). Sus propias categorías sobre la legitimidad de un movimiento y un actor particular, posiblemente se relacionen con demandas que golpean la calidad de vida de una generación de mayores, pensiones miserables, el robo de las AFP, entre otras. Esto remite a su concepción propia de lo que para él sería el pueblo, esto es l@s “viej@s”, sus demandas y la capacidad de movilización colectiva de estas, elementos que vendría a representar al sujeto central de la movilización. Del otro lado aparece la distinción acerca de los otros que para él no son parte del pueblo, esto es la “cabrería” que actúa descontrolada y violentamente.

Quedo pensando en esta breve charla y no deja de dar vueltas en la cabeza. Me pregunto sobre las significaciones que alcanza esta revuelta popular en el Chile del siglo XXI, sobre el sentido y el peso que adquieren determinadas demandas sociales, sobre la importancia y no importancia -o no- de las palabras. En la conversación de la pareja, las demandas asociadas al grupo bien delimitado, han sido puestas en un nivel de mayor legitimidad al interior del movimiento ¿por qué razones el hombre le habrá otorgado el significado de pueblo a l@s “viej@s” y no a otras?

Luego de haber escuchado esto desde un espacio tan alejado de la academia y de voces ídem, la teoría parece hacerse añicos. Especialmente cuando se intenta armar entramados de significados, que se cierran en sí mismos, o se ejerce la práctica de utilizar los saberes populares para un fin ajeno, denunciada como “extractivismo académico” por algún@s estudiantes. Sin embargo, me es imposible no hacer cruces de lecturas y conversaciones pasadas que se devuelven a la calle, como buscando tener alguna certeza racional, si es que es posible.

Un solo libro se me viene a la cabeza -quizá por lo obvio del título-: lo primero que recuerdo en una lista de significados asociados a la palabra pueblo, que van desde la revolución burguesa en Francia hasta la revolución vietnamita; en ellas y muchas otras, la palabra pueblo toma centralidad, incluyendo su uso en la retórica fascista. Lo segundo es el que pueblo tiene un carácter relacional, y al igual que el concepto “clase social” solo es posible comprenderla en relación a un otro, con quienes se establecen relaciones de tensión y poder. El pueblo, tal como las clases sociales, no existe en el aire ni en solitario, esto sería como “tener amor sin amantes” diría Thompson. En esta idea, el concepto pueblo se ubica en una relación de exclusión de determinados grupos sociales del sistema, Estado o del poder constituido; con lo cual es posible comprender el carácter potencial de la movilización colectiva por parte de los excluidos.

Foto: Vania Cárdenas, Noviembre 2019.

Sigo la ruta de la fruta. Un muro en las inmediaciones del mercado presenta un empapelado que resignifica el nombre de la calle Chacabuco. A metros de la tradicional boite Hollywood, el papel pegado en la muralla pretende rebautizar el nombre de la calle como Fabiola Taylor. A ella la conocí hace muchos años, cuando con un gran vozarrón abría cada primer domingo del mes la fiesta de las “locas”. Un lugar de encuentro popular en el corazón del Almendral, que recibía a un variopinto grupo de seres nocturn@s, especialmente a las traves, que en esos años salían muy poco a las calles como una forma de protegerse de la violencia, el machismo y la homofobia. La Hollywood tenía una gran pista de baile; en el centro -entre luces y coloridas vestimentas, plumas y maquillajes- se erguía Fabiola. Un cuerpo de mujer, tremenda y hermosamente maquillado que no encajaba con el sonido profundo y grave de su voz: “¡estimados y estimadas, damos el inicio a nuestro Domingo Rosa!”.

Lo cierto es que detrás de Fabiola existía -y seguramente después de su muerte siguió existiendo- un perturbador mundo de explotación sexual, pobreza y marginación profunda y continua. Una vida de mierda que viven las travestis pobres, las prostitutas viejas, las locas de la pobla de las que nos habló Pedro Lemebel, quien también se hace presente en las luchas actuales. Y es como una cadena de vidas invisibles, que en el marco del estallido social se plasman en el nombre de Fabiola, como intentando recuperar un lugar en las calles del barrio, un lugar que sin embargo sigue dejando a otr@s abajo y afuera. Pienso nuevamente -y en menos de una hora- en la escucha del micro, entonces ¿quiénes son el pueblo?

En la producción académica, es posible manipular (consciente o inconscientemente) la extensión de la palabra, a fin de ajustarla a intereses, prejuicios o fantasmas sociales que nos rondan. Continúo con mis notas del libro. Y es que yo misma me siento parte del pueblo, aunque a veces a alguien le haya parecido que no debería estar dentro de esta categoría, una forma de marginación. Quizás l@s teóric@s algo de razón tienen cuando afirman que el pueblo no existe como significado homogéneo y universal, sino más bien existen figuras diversas, incluso antagónicas del pueblo, que se constituyen a partir de rasgos característicos, formas de reunión, etc. Entonces, la llamada “cultura de la delincuencia” también sería parte del pueblo, o desde otras formas de acción también el “desborde” con su descontrol de ira sería una característica del pueblo. Esto me hace sentido, acaso porque lo he vivido en la plaza Echaurren, cuando nos hemos reunido a conversar sobre la Asamblea Constituyente, marcando su carácter de popular; este carácter se hace presente en el mismo lugar, visible y desbordado en los gritos de l@s borrachos que enrabiados nos arrojan sus impotencias de la vida de calle, obligándonos -a algunas- a estirar el elástico de la tolerancia.

Regreso a casa y un “viejo” de 70 y más años se sube al colectivo en el que vengo. Se dirige a su casa en Playa Ancha y nos saluda a todos con un “hijo” de inicio. Terminó su jornada de trabajo, que duró desde las 11:00 a las 15:00, limpiando autos. Viene contento, dice que ganó 60 luquitas. 15 luquitas por hora “está muy gueno”, dice excusándose por pagar con puras monedas de a diez pesos “igual es plata”, mientras el colectivero habla mierdas al esquivar la concentración del Wanderers que se inicia en la Plaza del Pueblo.

Nos muestra -a quienes lo escuchamos al interior del colectivo- las “llaves de la ciudad”. Él las posee, se las dieron la semana pasada, cuando en un local del comercio en el centro estaban asegurando el negocio con armazones de fierro. Vio que usaban esta herramienta y la quiso comprar por luca, le explicó a uno de los hombres para qué la necesitaba y este se la regaló. Desde entonces posee las “llaves”, la herramienta esencial para el lavado de autos, que permite abrir y cerrar los grifos de la calle para sacar el agua que necesita en su trabajo. Nos dice que sirve para cualquier ciudad del país y constituye para él todo un tesoro con el cual a su edad puede “ganarse sus pesitos”.

El rostro del “viejo” a pesar del cansancio y las marcas del sol cotidiano – acumulado por años quizás- parece feliz, con una sonrisa que me remite a hombres y mujeres de otros tiempos a los que solo conocí por fotografías y documentales; aun así me conmueven cada vez que observo las imágenes de l@s humildes, algunos desdentados, que aparecen con el pecho erguido y una dignidad que traspasaba las pupilas. Me despido del viejo con una sonrisa cómplice.

Foto: Hector González de Cunco, Noviembre 2019.

“El pueblo son los mayores” me sigue resonando. En casa intento comprender el significado de la palabra pueblo. Hasta ahora solo tengo la certeza de que este pueblo está conformado por más sujetos que los mayores: junto a ell@s están l@s valientes jóvenes encapuchados y sin capucha, las mujeres, niñ@s y adult@s que tratamos de re-construir la sociedad saqueada del siglo XXI. El concepto de “pueblos imaginarios” nos acerca un poco más, para decirnos que la representación de un pueblo es algo múltiple, heterogéneo, complejo. Sucede esto cuando “la humanidad se frota los ojos” y observa los actos humanos en su forma natural, divididos, diferenciados y en ocasiones confrontados, con las tensiones y crisis que cada un@ de nosotr@s lleva dentro.

Mientras tanto y por suerte, la realidad del domingo es mucho más amplia que las vivencias personales y unas notas de lectura. Las gentes del puerto -en su mayoría jóvenes- continúan la lucha en la marcha de los Cordones Comunitarios y Territoriales de Valparaíso, los “gérmenes del poder popular” que declaran la soberanía de los cerros desde las luchas de los excluíd@s contra el sistema neoliberal, capitalista y patriarcal, “del cerro al mar, cordón territorial, vamos tejiendo poder popular”, cantan las voces en el auditorio Osmán Pérez Freire.

La observación de esta parte del pueblo remite a un gesto inicial con el cual un autor nos presenta una imagen muy pertinente aquí y ahora, Huberman se refiere al momento en el cual “la humanidad se frota los ojos” e intenta ver y con este gesto, despertar a la Historia. De eso había hablado antes el pensador judío que terminó su vida en Port Bou, portando solo una maleta con viejas fotos, cartas, lentes, una pipa y un pasaporte. Benjamin pensaba que a aquellos que pretenden darse al oficio de historiar, les incumbe una tarea tremenda, esta es la de apropiarse del recuerdo, así tal cual, aquel recuerdo que surge en el instante del peligro, en la tensión del acontecimiento. Y pareciera que hablásemos del oficio del fotógraf@ que en su disparo del reflejo logra a veces captar aquel instante de peligro. En el caso de la historia u otra forma de expresión, pareciera ser un tanto más complejo; sin embargo el trabajo de apropiación de un acontecimiento lo hacemos cotidiana e inconscientemente, la labor entonces sería la de tensionar estas apropiaciones.

Por ahora, queda claro que los pueblos llevamos en el cuerpo la “tradición de los oprimidos”, una enseñanza vieja ya, que nos enseña que el “estado de excepción” en el que vivimos es la regla. Las palabras del libro advierten “tenemos que llegar a una concepción de la historia que dé cuenta de esta situación” y siento una sensación de desprotección intelectual que se agiganta cuando afuera, en la calle un representante del pueblo transita solo gritando a todo vozarrón: “¡Muerte a Piñera, muerte a Piñera!”… Y a estas alturas desconozco si está borracho o solo desborda una categoría.

* El título del libro que aparece y desaparece es ¿Qué es un pueblo?, varios autore/as; Chile, LOM, 2014.

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