Una historia, tres momentos

Sonia Reyes Herrera, Valparaíso

En el verano de 1972 tenía 9 años y, sin comprender el contenido, cantábamos con mis hermanas “mira la batea como se menea”, “las casitas del barrio alto” y “la muralla”, entre otras canciones aprendidas con jóvenes universitarios de la U. de Chile. Ellos se instalaron en una escuela de barrio pobre en Osorno. Viajaron en tren desde Santiago al Sur a realizar trabajos voluntarios. Mi hermana del medio siempre dice que ellos fueron su inspiración para “llegar a la Universidad”; se dijo con 11 años: “quiero ser como ellos”. Yo solo recuerdo que esas dos semanas lo pasé muy bien, eran tiempos alegres. Al final, fue lo más parecido a vacaciones que tuvimos los hijos de ferroviarios que frecuentábamos la Escuela N° 6. Nunca sabré si los “tíos” que nos enseñaron a cantar, sobrevivieron al 11 de septiembre de 1973. En mi Escuela casi todos los profesores eran de la Unidad Popular, mi profesora de aquel entonces (4° básico) era comunista y su marido había desaparecido. Mientras nosotras cantábamos y jugábamos, mis hermanos mayores cursaban enseñanza media y eran del Frente de Estudiantes Revolucionarios (FER). Hoy, mi hermana del medio es profesional – fue a la Universidad como quiso y seguramente se lo propuso en su infancia – y aunque no lo dice, demuestra su desacuerdo con el momento que vivimos. Mi hermana mayor, tal vez mantenga en su espíritu al FER de su adolescencia-liceana, recibe una pensión de $220.000 después de haber trabajado 40 años como profesora y alienta y celebra la protesta.

Me paro en el tiempo: trascurrieron 47 años desde que aprendí, en la Escuela de Osorno y con la Unidad Popular, mis primeras “canciones revolucionarias”; hace 33 años que en la Universidad de la Frontera, durante la maldita dictadura, canté mil veces “El baile de los que sobran” y “La voz de los 80”, involucrándome activamente en cuanta protesta hubo en Temuco desde el ´83 en adelante.

A casi un mes del “estallido social”, ya no como estudiante ni viviendo en alguna ciudad sureña, sino como profesional y en el puerto de Valparaíso, me resuena con fuerza y energía la misma música: Víctor Jara y Los Prisioneros siguen vigentes. Esta vez no canto con la alegría de mi infancia ni la esperanza infinita que me movilizaba en la juventud. La escucho nuevamente y me inunda la desconfianza y la duda sobre la posibilidad de cambio en la sociedad chilena. Porque los dos momentos que marcaron “políticamente” mis 56 años, hoy me recuerdan dos frases que tengo en la memoria:

Osorno – Mi abuela materna llorando desconsoladamente y diciendo “hija mataron al Chicho”.

Temuco – Mi padre, casi sin lágrimas pero con profunda tristeza me dijo -cuando asumió Aylwin- “hija, esto no va a cambiar”.

Entonces las dos promesas de una sociedad más justa que he conocido están cruzadas por una memoria que me lleva a descreer de las “negociaciones y acuerdos políticos”, y a perder en el horizonte una promesa más, la tercera para mí y para otras generaciones. No obstante me esfuerzo por confiar y creer que esta vez será distinto y posible, porque no quisiera recordar cuando tenga 70 años, lo que me dijo ayer mi sobrino de 30 años – cuando conocimos el mal llamado “Acuerdo por la Paz social y la Nueva Constitución:

“¿Tía cómo crees que algo va a cambiar, sí son los mismos de casi 50 años”?

Que la historia no le dé la razón.

Valparaíso, sábado 16 de noviembre de 2019.

El humo de un gran incendio forestal se mezcla con el olor a lacrimógenas.

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